-PAPÁ ERA UN YONQUI-
Sólo recuerdo
dos momentos nítidos de mi infancia con mis padres, el primero: cuando vivían
juntos. Ese día, me encontraba en la cama de ellos comiendo pastel que mamá
había horneado, en frente había un ropero rosado de un pálido mortuorio con un
patético estampado de osos azul cielo. El plato de loza blanca que sostenían
mis pequeñas manos se humedecía junto con el pan con mis lágrimas, la
impotencia me la tragaba con un sabor vainilla amarga. El piso era de un rojo
desgastado y estaba frío, la luz amarillenta de una lámpara con excremento de
una mosca alumbraba aquella escena casera de los años setenta. Aún oigo los
gritos de mamá cuando papá la golpeaba con rudeza.
El otro momento que conservó cuando mamá caminaba por
las calles del centro, llevándome con paso acelerado por está. La ciudad
contenía un tiempo marcado por la prisa. Entramos a un pasillo de un edificio
cualquiera, supongo que era el de un bufete de abogados para seguir con el primer
paso del divorcio, yo soló entendía que la vida de mamá se había vuelto
infernal, casi sin salida, porque ella lloraba constantemente. Ese día en
particular recuerdo su rostro blanco y perfecto por el cual las gotas saladas
escapaban de sus lagrimales. Todo el amor que alguna vez le tuvo a ese hombre
se evaporó. El rímel le tatuaba las mejillas.
Subimos por las escaleras de loza blanca, el edificio
era sombrío, como una predestinación que me guardaba la vida. Yo llevaba una
chamarra de mezclilla azul forrada de piel de borrego, puesta en mi cabeza,
aplastando mis cabellos lacios de un rubio cenizo. Escuche paso detrás. Mamá me
jalo del brazo, corrimos las escaleras, los descansos parecían interminables.
Sólo destellos de luz se filtraban por un pequeño tragaluz antiguo, grueso
vidrio de pecera, no había salida para nadie. Continuamos corriendo, mamá
entonces me cargo para agilizar la huida: en ese momento no se de quien
corrimos. Mamá se quitó las plataformas y arrojo los zapatos blancos por la
escalera. Mi mirada vio a papá que corría detrás de nosotros.
- ¡Es papá, mamá, espera!
- ¡Cállate! – gritó
Él nos dio alcance en uno de los descansos de aquel
edificio tirado a la ruina, como su relación de pareja. La tomó con fuerza de
los brazos, la sacudió, la aventó contra la pared y la cabeza de mamá rebotó
contra el mosaico azul verdoso. Su rubio cabello parecía que tenía un
movimiento circular en cámara lenta. Cayó al suelo, él la pateó, me le fui
encima y lo pateé. Me golpeó con su antebrazo izquierdo. Caí de nalgas y lloré.
Mamá gritaba pidiendo ayuda. Un hilito de sangre corría por mi nariz. Las
puertas del piso de arriba se abrieron, una señora salió y pidió ayuda; él me
tomo por el gorro y me llevó, gritaba algo así:
-¡Nunca volverás a verlo!
Pero qué puede uno entender, si es un niño de cinco
años, ante estas particularidades. Todo fue llanto y caí en un sueño por todo
lo vivido. El auto avanzaba y me alejaba de mamá, kilómetros de vida se
transformaron sólo en sueños.
Sólo eso: sueños
- Quiero que pruebes el Refractil, es parecido al LSD,
pero es una dosis menor a precio regalado.
Mi papá se llamaba Ángel. Endemoniado padre que
compartía conmigo sus mundanos estados de grado cero. Sus experiencias: ése era
su legado y creía que al compartirlos estaríamos unidos.
-Como grandes amigos – solía decir.
Yo no quería cuestionar el destino de la vida me
deparaba junto a ese ser abstracto y dañado, que me arrojaba el humo de la
cocaína y la marihuana al rostro cuando sólo tenía nueve años de edad.
-Te pareces tanto a ella – decía.
Así crecí. Cuando papá traía una puta a casa me ordenaba
que durmiera en el baño. Tenía trece años en aquel tiempo. Le robaba algunos
puños de mota y jalaba algunas líneas que siempre dejaba en el water. Decía que
las contaba, pero dudo mucho que supiera contar, él se guiaba por la cantidad,
no por el número.
Las putas gemían y yo me masturbaba en la cocina, el
baño o cualquier lugar donde pudiera espiar el cortejo fúnebre y sexual de
pequeñas muertes representadas por las tragedias mundanas a las cuales estaba
destinado mi padre.
Me gustaba mirar en la madrugada las luces de la
ciudad. En este tiempo papá fayuqueaba con armas y whisky. La droga para él era
una especie de recompensa por sus trabajos. Era un maldito poquitero, con la
visión no más lejos que su achatada nariz. Yo lo adiaba.
Un día. Laura, una de sus mujeres que más me atraía y
que el puerco de papá manoseaba todas las noches, se acercó a la ventana junto
a mí. Olí su cigarro. El puerco de la habitación contigua dormía. Ella sólo
traía una bata casi transparente encima, descalza. Encendí un cigarro y tomé de
mi cerveza, no dijimos nada, pero los dos sabíamos que éramos hijos dulces de
la noche. Y así consecutivamente por varios meses nos vimos sin decir nada,
hasta que ella rompió el silencio: sus pezones hablaban por ella. El viejo tenía
pesadillas, gritaba, se revolcaba, estaba muy drogado.
Acerqué mi boca con lentitud, una luz callejera rompió
las facciones de mi cara, abrí la boca y mi lengua toco sus pezones regenerados
por la sangre fémina. Mi saliva inundó la bata de seda que contenía al insomnio,
ésta resbaló. El suelo se contuvo para que no se perdiera en la órbita del otro
espacio. Mi lengua – navaja- corto acariciando el aire, cortando el vientre de
magia e imaginación y supe que el tiempo te acaricia y siempre te dice adiós.
Ella era de las muchas mujeres a las cuales enterré mi
esta de carne. Pero sólo a ella, en especial, le entregué lo arraigado de
adentro llamado alma.
Los ronquidos del puerco entonces desaparecieron.
Estrellas en torno a mi gritaban su luz interminable con puntas de daga
dispuestas a ayudar a cualquier desgraciado. Las piernas féminas me apretaron
por varias horas hasta quedar exhausto. Viajamos al encuentro del primer padre
sobre la tierra, fornicando, preñando a la primera madre.
Desperté, porque el sol me arañaba esa mañana y mis
pupilas estaban molestas. Vi el arcoíris, como cuanto todo acababa, como
sensación de llenarlo todo y que todo se expanda en infinitos cosmos de luz y
sangre carnal. Estaban tan feliz que
quería contárselo a papá, las sábanas descubrían parte de su pelo y su
pecho. Una mosca recorría el párpado entreabierto de un ojo izquierdo, pensé que seguía viajando, me acerqué y lo
moví. Lo descobije. Tenía una jeringa en su brazo derecho clavada, la piel
amoratada. Había otra jeringa a la altura del panzón izquierdo, también
amoratado. La boca del mismo color, las pupilas contraídas y las manos
apretadas, frías, tiesas. Este cuerpo bofo y ñoñamente regordete, me inspiro
risa.
Me senté, destapé una lata, me seguía riendo al ver su
grotesca expresión de vacío. El cuerpo de mi padre se pedorreaba, esto me
causaba más risa y conteste con otro pedo: un flato frío por otro caliente, lo
mismo da, los dos apestan.
Laura se libró de él y ella se libró de mí ¿Ella donde
se encontraba? No lo sé.
Yo en una casa con el alquiler vencido, un padre
muerto por sobredosis, refrigerador repleto de cervezas y carnes frías: estas
las arroje al callejón infestado por perros y gatos que se dieron un buen
festín. Tomé lo necesario y lo puse en una maleta. Me despedí de papá: saqué una hoja de la carne y la clave con lentitud con su pupila, tome unas cuantas
fotos, mandaría hacer una amplificación y enviaría unas copias a las putas que
fornicaron con él, otras a la revista Life.
Cerré la puerta y caminé. La ciudad me extendía sus
brazos con un sin fin de historias, calles frías, mujeres hermosas. La
muchedumbre me tragó, como a un grano de arena en esta construcción sorda y de
gritos que sueña en silencio.
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